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Domingo, 25 Julio 2010 20:40

Conseguir que se pueda hablar del tema de la superpoblación

Roxane Rakic, sicóloga

 
El problema de la superpoblación se suele enfocar desde un punto de vista económico, técnico-alimenticio o medioambiental. Pero hasta el día de hoy sigue siendo un tema de difícil difusión aunque muy poco a poco crece el número de personas que se preocupan por él. Falta valor para comentarlo en voz alta.
Por eso resulta interesante pensar por qué no existe ese valor.
En este artículo se repasan los puntos de vista que podrían estar relacionados con la razón por la que el tema resulta tan difícil de tratar. Estos son, posiblemente, los diferentes tipos de libertad y autonomía, los poderes políticos y económicos así como el comportamiento humano que es dirigido por actitudes innatas y por el entorno.
 
Libertad y autonomía
El tema ‘el número de personas en esta tierra’ o ‘superpoblación’ cuesta poder tratarlo. Podría ser porque afecta de cerca a los valores y los derechos fundamentales del hombre, tales como la libertad y el derecho a la autonomía. Estos valores y su expresión se interpretan de formas distintas en países distintos. En los países ricos, el término 'libertad' tiene una connotación diferente que en los países pobres. En los países ricos, principalmente occidentales, la gente se siente ‘libre’ cuando tiene suficiente tiempo para sí misma, cuando se puede expresar y desarrollar y cuando tiene la elección de tener hijos o no. Cuando se elige tener hijos es porque se desea tenerlos. La gente suele reflexionar al respecto de forma muy consciente. Dado que nosotros en los países ricos damos mucho valor a la libertad y a la autonomía, puede que resulte aún más difícil comentar el número de hijos de la gente.
 
Funciones de la familia
La función de la familia en los países ricos ya no es la biológica, la de la reproducción de la especie. Tampoco desempeña ya una función económica para que los hijos ayuden a ganar dinero para la familia. De igual forma, la función religiosa se ha perdido en muchas ocasiones: la de la transmisión de la religión. Pero la función afectiva de la familia es grande, la de disfrutar de tus hijos y quererse unos a otros. En los países ricos queremos disfrutar del par de hijos que tenemos. Queremos verles crecer, ayudarles con la escuela, en la que muchos se inmiscuyen frecuentemente y deseamos que nuestros hijos vayan al club deportivo y a clases de música.
En los países pobres la libertad y la autonomía se perciben, a nuestros ojos, de forma distinta. Muchas mujeres carecen de la libertad de escoger a su marido, por no hablar del número de hijos que tendrán. Allí, la familia desempeña sobre todo la función biológica, económica y religiosa. La gente en estos países sigue teniendo muchos hijos a pesar del hecho de que ni para ellos ni para sus hijos haya apenas comida suficiente, formación o futuro y muchos países padezcan guerras civiles.
Esto se hace visible con la llegada masiva a los países ricos de inmigrantes procedentes de los países pobres. Para la mayoría de los alóctonos, la familia tiene una función biológica, económica o religiosa. Eso choca con los valores y las normas de la cultura en el país rico. El número de hijos que tienen los alóctonos es mucho mayor que el de la población autóctona. Trayendo a un cónyuge de su país de origen se mantiene su sistema en pie, mientras que el entorno que les rodea es el de un país rico. Es como si no hubiera una conexión. Mientras tanto, su número crece más en comparación con la población autóctona.
 
Sexualidad
Otro punto de vista sobre los conceptos de libertad y autonomía es el del ámbito de la sexualidad. La sexualidad está en primer lugar pensada para la reproducción. La sexualidad y la reproducción tienen en distintos países distintos significados. En los países pobres sigue siendo el de la reproducción. Cuando la política internacional introduce medidas para incentivar que la gente en estos países tenga menos hijos, podrían surgir entre la población el pensamiento y el miedo, vinculados a él, de que no lo sobrevivirán como pueblo. Incluso podría generar una competencia, en la que un pueblo teme que otro pueblo domine. La reacción a ello será, más bien, tener incluso más hijos, en lugar de menos.
En los países ricos, el significado de la sexualidad es el de sentir placer, desarrollar una identidad y el autodesarrollo. En los países desarrollados la gente considera como un derecho libremente obtenido la planificación familiar y luego tener los hijos. ‘No tener hijos’ se considera una pérdida que debe ser compensada vía intervención médica, como con FIV. Tener hijos se considera como una muestra de pertenencia al grupo y de estatus social. A la gente esto le parece muy importante y se muestra sensible ante juicios de otros sobre esta materia (‘¿No tienes hijos?, ¿Y por qué no?’). Es como si la gente que conscientemente no tiene hijos tuviera que rendir cuentas sobra las razones para no elegir tenerlos mientras que la elección por tenerlos, con sus consecuencias inherentes, es en el fondo mucho más pesada. Y esta elección a la gente le parece de lo más normal. La gente en los países ricos puede interpretar las medidas para incentivar una reducción de la población como una violación de la libertad por la que en su día han tenido que pelear con tanta fuerza. Les toca demasiado de cerca. El otro se mete con su intimidad, con su placer.
Tiene que ver con cómo queremos ser vistos como personas. Tiene que ver con nuestro estatus social: por ejemplo, yo como madre de familia. Porque sólo entonces se me acepta. Y con cómo vemos a los demás: por ejemplo, ‘vaya, siento que no puedas tener hijos, debes sentir un vacío’. La introducción de medidas en el ámbito de la seguridad o el tráfico sí se aceptan. Eso no es meterse con la intimidad de las personas.
 
Poderes
‘Vayan y multiplíquense’. Este mensaje puede provenir del ámbito político, económico o religioso. Antes, los proletarios eran poderosos por el número de hijos que tenían. Ceaucescu quería gobernar a 25 millones de personas y obligó a la población a tener hijos, mientras que la gente vivía en condiciones lamentables. Gobernar un país con muchos ciudadanos significa poder ejercer más influencia (inter)nacional y, por lo tanto, más poder. También las grandes multinacionales se benefician del hecho de que haya más gente. Cuanta más gente trabaje para ellos en los países pobres, más dinero ganarán y más influencia tendrán. La reducción de la población significa tal vez, desde su perspectiva, dejar de crecer y, por lo tanto, una pérdida de poder.
Las organizaciones de ayuda occidentales hacen todo lo que pueden para que el tema de la anticoncepción sea algo de lo que se pueda hablar y para hacerla llegar a los países pobres. El Papa también visita estos países y aconseja a la gente que lo que deben hacer sobre todo es reproducirse. Eso ya lo hacían esos pueblos. La anticoncepción es algo nuevo y crea dudas. El mantenimiento del comportamiento habitual es lo más probable. Máxime si además se premia. Estos ejemplos son una forma de resistencia colectiva que se manifiesta al intentar que se pueda hablar del tema de la superpoblación.
 
Comportamiento de los humanos: innato y aprendido
El comportamiento humano viene impulsado por valores. Son asuntos que consideramos importantes en nuestra vida, como la libertad, ser aceptados, el respeto, conseguir consideración, el reconocimiento y el desarrollo de la identidad. Cuando hay más personas que consideran un valor determinado como importante, se convierte en norma. Es cuando creamos normas para poder expresar ese valor. A continuación se espera de la gente que se atenga a esas normas, o bien la gente se siente obligada a hacerlo.
En el caso de la reproducción se puede decir que lo que impulsa a la gente es el valor de que tener hijos es un bien preciado. Resulta que mucha gente lo ve así. La norma es: tener hijos es un bien preciado. Poner esto en tela de juicio es visto como ‘fuera de lugar’. Contradices la norma. Esto genera resistencia o conflicto. Es algo que la gente prefiere evitar.
Es fácil que la gente reaccione por motivos emocionales y crea que quienes sólo quieren que se pueda hablar de ello, están en contra. Seguidamente el pensamiento ‘estás en contra' se convierte en una condena del tipo '¡qué racista!', porque los racistas son malas personas. Por lo visto, a la gente le cuesta mucho escuchar primero lo que el otro quiere o dice exactamente, cuando lo que éste quiere es convertirlo en un tema del que se pueda hablar. Este paso rara vez se logra dar. La gente quiere montar guardia antes sus valores y normas y asegurarlos. Estos forman parte de su identidad. No la quieren perder. Se manifiesta en una actitud de ataque y defensa. Eso no favorece el profundizar en un tema. La tendencia es de ‘vaya’; de dejarlo; seguir la corriente; o decir: ‘bueno, dejémoslo’.
 
Este pensamiento es igualmente aplicable a los valores de ser reconocido, valorado y aceptado. A un político le gusta mucho que se le valore. Al hacer una declaración sobre la superpoblación no se hace querido. Un político quiere ganar votos para su partido. De esa manera no lo va a conseguir. También el decir 'no' a la inmigración tiene la connotación de ‘no ser considerado por el otro como una persona simpática’. La gente prefiere evitar ese riesgo. Ni siquiera queda muy claro si el pueblo realmente no tiene simpatía por el político o si, por el contrario, le alabará por su punto de vista.
La gente se deja influir por lo que les rodea y las personas aprenden por sus experiencias. Las personas aprenden sobre todo cuando se ven enfrentadas a sus experiencias. Pero por mucho que se anticipen a ese enfrentamiento, eso no produce el enfrentamiento de hecho. La gente vive aquí y ahora. Ahora la gente todavía no padece directamente las consecuencias de la superpoblación o no tiene conciencia de la causa de su estrés, de los atascos, de los tiempos de espera, etc. Los pocos que sí sienten la superpoblación como la causa de sus problemas se mudan a otra zona donde vive menos gente, a ayuntamientos periféricos o emigran al extranjero.
Si ahora mismo se adoptaran medidas en el ámbito de la superpoblación, no surtirían efecto hasta, como pronto, dentro de 20 años. Eso para la mayoría es demasiado lejano en el tiempo. Sobre todo para la masa. Mientras ahora la gente aún tenga comida y agua, pueda ducharse diariamente y su casa esté en pie, continuará con el orden del día. No existe interés por esta problemática porque no les toca. La gente opta por la vida cotidiana a corto plazo. Esa vida tiene que ser cómoda, agradable, placentera, no puede provocar problemas etc. La gente no opta por invertir en actividades que sólo surten efecto a largo plazo, como ser más austeros, consumir menos agua, tener menos lujos, etc. Tal vez tenga que ver con que nadie hará eso por su cuenta si los demás tampoco lo hacen. '¿Por qué tendría que ser yo tan ahorrativo si eso no surte efecto en la vida cotidiana y si me vecino tampoco lo hace? ¿Qué más dará cuando yo sí que ahorro agua y la industria sigue sin hacerlo?' Además, la compra de alimentos de origen biológico resulta mucho más cara. La masa en ese sentido ni siquiera tiene una opción. Sólo las personas con principios muy definidos quieren seguir participando en ello. Entienden que también están pagando por el medioambiente.
Como mucho, la gente percibirá las consecuencias indirectas: atascos, hundimientos de terreno, contaminación, etc. Pero mucha gente se aferra a la utopía de que cuando las cosas realmente se pongan feas, el hombre, como ser, ya habrá descubierto algo nuevo. 'La técnica no nos dejará en la cuneta. La generación que nos sigue ya será capaz de resolverlo'. Que siempre se estén combatiendo los síntomas y no la causa es algo de lo que la gente sigue sin tomar conciencia.
El hombre (occidental) tiene una fe ilimitada en su propia capacidad. Fe en que la sociedad se puede moldear y tal vez incluso hasta el ser humano. Que algún día realmente el crecimiento llegará hasta su límite es algo que, por consiguiente, no es fácil de aceptar. ¿No sigue todo marchando bien? Sólo cuando hay alguna catástrofe natural, como grandes inundaciones o si el SIDA provoca muchas víctimas, aparecen algunos que empiezan a lamentarse pero rápidamente se tiende a echar la culpa a los servicios de ayuda 'deficientes', que en el fondo no actúan más que sobre los síntomas. ¿Que por qué hay inundaciones y que por qué existe el SIDA…? La relación entre ese tipo de problemas y la cantidad de gente es algo que no se suele ver. La idea de que la naturaleza podría intervenir en el número de personas le parece inaceptable a mucha gente. 
 
Un largo camino por delante
Esclarecer que la cantidad de personas es la causa de muchos problemas y que eso no sólo pone en serios aprietos a la naturaleza sino también al ser humano, llevará bastante tiempo. Lo importante es que haya pruebas científicas. También es importante que el problema de la superpoblación sea presentado de tal forma que genere un reto para reflexionar en términos de cuidados. Cuidados para nosotros mismos, para la naturaleza y para las generaciones venideras. Buscar y mantener este diálogo internacional surtirá más efecto que un debate y que la imposición de medidas desde arriba.

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