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Sábado, 13 Noviembre 2010 16:38

Aspectos psicológicos de la superpoblación

Albert J. M. Wessendorp, psicólogo-psicoterapeuta
 
Mientras que nosotros como fundación pensamos que el número de habitantes debe reducirse, hay otros que consideran que todavía no hay suficientes molestias como para molestarse por ellas.
Si comprendiéramos por qué mucha gente cree que no hace falta colocar la superpoblación en la agenda política, sería más fácil para nosotros presentar mejores argumentos para difundir nuestra visión.
 
Tipos de argumentos
En la discusión sobre si nuestro país está lleno o no, se oyen distintos tipos de argumentos. Para simplificar, están divididos en dos grupos. La división aplicada corre en cierta medida en paralelo a la diferencia entre prosperidad y bienestar.
 
El primer grupo de argumentos consiste en consideraciones que, dicho sencilla y llanamente, tienen que ver con nuestra supervivencia como seres vivos. ¿Hay suficiente alimento, agua, aire limpio para ahora y el futuro y no estaremos agotando demasiado velozmente nuestras reservas energéticas? Aquí existe una relación con las necesidades más elementales de la jerarquía de Maslow1. Según Maslow, la motivación del ser humano se basa en unas determinadas necesidades fundamentales. Aparte de las necesidades primarias, como alimento, sueño, sexo y seguridad, distingue necesidades ‘superiores’: amor, consideración y ‘actualizarse’. El se refiere a una jerarquía, porque la satisfacción de una necesidad ‘inferior’ no se plantea hasta que la necesidad ‘inferior’ no haya sido satisfecha en cierta medida.
 
En el segundo grupo hay argumentos que tienen que ver con el simple hecho de que puedes empezar a sentir a la gente demasiado encima de ti y que uno tenga la sensación de que los Países Bajos están demasiado llenos. Te sientes limitado en tu libertad de movimiento, en tu libertad individual y en la libertad de decidir. En términos de Maslow, se trata principalmente de valores 'superiores', en los que la gente se puede sentir frustrada.
 
En el caso de las necesidades inferiores se trata de medir datos concretos y objetivos3, pero en el caso de necesidades superiores, es más complicado medir. Las identificamos muchas veces desde la experiencia subjetiva: ‘Me molesta tanta gente a mi alrededor, tengo necesidad de un entorno tranquilo’. Otra persona replicará a ello sencillamente que eso no le afecta: ‘Yo prefiero la ciudad, el silencio me vuelve loco’.
 
Un punto importante, que explica por qué a mucha gente no le preocupa que los Países Bajos estén llenos, es que ese ‘lleno’ no les afecta. No les produce molestias directas. No tienen necesidad de preocuparse por los posibles problemas en torno al suministro de alimentos o en torno al medioambiente, por muy consistentes que sean los argumentos. Si no se sienten limitados en su libertad de movimiento ni en su libertad individual (necesidades superiores), no entrarán en acción.
 
De las necesidades inferiores ya se ha dicho mucho (Club de Roma). Sobre el efecto síquico en el ser humano de situaciones de muchas personas en un espacio pequeño, se sabe menos. Parece sensato dedicar a ello más atención. No en último lugar para intentar proporcionar a nuestra experiencia subjetiva en este punto una base más objetiva, para que podamos abogar mejor por la adopción de medidas en este terreno.
 
'Superpoblación’ en el reino animal
Hace algún tiempo, John B. Calhoun2 hizo un interesante experimento con ratas. Quería saber cuál podía ser el efecto del crecimiento de una población de ratas sobre su comportamiento social. El incremento del número de ratas tuvo lugar en un espacio invariable y limitado. A partir de un número determinado de ratas, los efectos eran dramáticos. Las ratas hembras mostraban trastornos en el comportamiento. Los embarazos se acababan prematuramente y muchas hembras, que sí tuvieron camadas en el momento correspondiente, no sobrevivieron al parto. Las hembras que sí sobrevivieron, frecuentemente no cumplían plenamente con sus funciones maternas. Los machos empezaron a mostrar comportamientos sexuales anormales y hubo casos de canibalismo. Unos se hacían hiperactivos, otros se retiraban. También se producía una situación de amontonamiento enfermizo (patológico), lo que trastornaba otros modelos de comportamiento, como cortejar, construir nidos y cuidar de los descendientes recién nacidos. En algunos grupos la mortandad ‘infantil’ incluso fue del 96%.
De todas formas se sabe que no sólo las ratas adoptan medidas para reducir su población cuando es necesario. También otras especies adoptan a veces medidas drásticas. El caso más dramático es el ejemplo de las ballenas que se suicidan colectivamente.
 
Es importante plantear la pregunta cuál es la diferencia entre la reacción de los animales cuando hay un exceso de congéneres en su territorio y la reacción de las personas. ¿Es que realmente las personas tienen un territorio? ¿Sería posible vivir con 30 millones de personas en los Países Bajos sin que la gente se volviera loca por la presencia de los demás? ¿Cómo podría ser eso?
 
Superpoblación en el mundo humano
Parece que las consecuencias de la superpoblación en el mundo humano se manifiestan de otra manera que con los animales. Se han investigado los efectos de la formación de masas (crowding) y también la relación entre la presencia de mucha gente como factor de estrés social, y su salud. Eso no ha dado hasta el momento resultados espectaculares.
Tampoco el Monitor Nacional Salud Mental (informe anual 2002) ofrece mucha lectura apasionante. Lo que en general se sabe es que es baja la esperanza de vida en determinados barrios atrasados de grandes ciudades. Pero esto no se puede achacar sin más al número local de personas. Pueden jugar un papel otros factores. Pero sí resulta que los habitantes de grandes ciudades, en comparación con la población rural, padecen con mayor frecuencia depresiones, pero la cuestión sigue siendo cuál es la incidencia en ello de la densidad de población.
 
Existe la idea de que ante una cierta cantidad de personas sobre un determinado terreno se producen todo tipo de procesos reguladores (que combaten las posibles consecuencias nocivas del crecimiento demográfico). La existencia de la fundación del club de diez millones es un ejemplo de ello. También son imaginables otros procesos reguladores menos conscientes. Gracias a mejores cuidados médicos, hay personas que siguen en vida cuando en condiciones menos favorables ya habrían fallecido. La ‘naturaleza’ reguladora todavía podría llegar a intervenir y hacer añicos el crecimiento demográfico alcanzado gracias a esos mejores cuidados. La naturaleza podría contraatacar con enfermedades como sida, s.r.a.g. (síndrome respiratorio agudo grave), cáncer, diabetes y afecciones asmáticas, pero también con t.d.a.h. (trastorno de déficit de atención e hiperactividad), depresión, alcoholismo etc. Como ejemplo de un proceso regulador podría valer lo siguiente.
La creciente frustración por el exceso de proximidad entre las personas puede manifestarse en agresiones mutuas y puede conducir en algunos casos al asesinato o al suicidio. Cuanta más gente en la carretera, más accidentes, incluidos mortales. La sensación de que un país se llena demasiado, para algunos puede ser motivo para emigrar. Así es como se formó también en buena parte la salida histórica a Estados Unidos. No es impensable que a medida que crezca la población de un país, la frustración y agresión mutuas ‘normales’ se centren en países circundantes y que éstas se manifiesten de forma expansionista y beligerante. Sea como fuere, parece que las personas reaccionan de otra manera que los animales ante su incremento numérico.
 
Diferencia entre el ser humano y los animales
A diferencia del animal, el ser humano tiene la capacidad de reflexionar sobre sí mismo. Con su capacidad de imaginación se puede trasladar al pasado o al futuro. Debido a que el ser humano también sabe razonar, está en condiciones de actuar sistemáticamente. Podría decirse que el ser humano, gracias al uso de su capacidad de imaginación (su mundo interior), ha creado un mundo exterior propio con el que aumenta sus posibilidades de supervivencia. El ser humano, como especie, lo ha hecho muy bien porque se ha hecho menos dependiente de su entorno directo. Mientras la ardilla no está en condiciones de hacer que le traigan sus nueces del extranjero, el ser humano sí lo hace con sus alimentos.
De esta manera, el ser humano sabe gestionar el estrés de forma más variada que el animal. Porque el ser humano también es capaz de sobrevivir, negando impulsos indeseados externos o internos, o dándoles un significado distinto, deseado. Este fenómeno se conoce como el manejo de mecanismos de defensa.
 
A diferencia del animal, el ser humano tarda mucho en convertirse en un individuo relativamente independiente. Su maduración física y síquica van a la par. Estas dos facetas dependen, para tener éxito, de la disposición biológica del ser humano y del entorno en el que se desarrolla su evolución. Una persona entiende el arte de gestionar bien el estrés, mientras otra no lo logra. Así es como hay personas que pueden manejar bien su comportamiento y personas que lo hacen peor. Este último grupo, por ejemplo, no sabe controlar sus impulsos o tiene una baja tolerancia ante la frustración.
Así es como hay personas que saben relajarse por medio de la naturaleza, la meditación, el mantenimiento físico, el deporte o la lectura. Pero otros se tornan depresivos, miedosos, adquieren todo tipo de dolencias físicas o combaten su ‘exceso de sensibilidad’ con alcohol u otras sustancias adictivas y no adictivas. También hay personas que digieren el estrés añadido de una forma muy negativa. Se descargan mediante el uso de violencia verbal y física o terminan en el circuito criminal.
Independientemente de esto, también hay gente que justamente siente la necesidad de muchos impulsos: el flash. Se lanzan a hacer todo tipo de actividades frenéticas y buscan el ajetreo de la ciudad, cosas de las que otras personas justamente huyen.
 
Efectos de la gente alrededor nuestro
La presencia simultánea de mucha gente junta puede tener efectos directos negativos. Nos sobran personas. Pero eso no es necesariamente así. El que veamos a la gente a nuestro alrededor como una amenaza o una protección depende, entre otras cosas, del valor que concedamos a esa gente. El valor que concedemos a la gente a nuestro alrededor determina si seguimos relajados o no. Puede tratarse de personas del mismo parecer en una iglesia a rebosar, de la misma asociación, con el mismo trasfondo cultural, con el mismo idioma. También se puede tratar de completos desconocidos, cuyo fin es hacerse con bienes escasos que nosotros mismos necesitamos. Entonces se trata de competencia. Hay muchas posibilidades en ese caso de que entonces sintamos 'estrés negativo'.
 
También puede haber consecuencias indirectas. Entre las consecuencias negativas de un exceso de personas están asuntos que no tienen que ver con una interacción indirecta entre personas. Debido al hecho de que haya mucha gente, pueden surgir todo tipo de problemas, como al haber mucha gente que al mismo tiempo haga uso de un determinado servicio: esperar en el supermercado, listas de espera en los hospitales, atascos en las carreteras etc. Eso produce frustración. Ante la presencia de mucha gente suele ser frecuente que surja la necesidad de regular el contacto mutuo. Pero la regulación menoscaba por definición la libertad (autonomía) de decisión de las personas. El efecto puede ser de carácter positivo, pero también negativo. En el último caso, el ser humano deja de reconocer a su entorno y a sí mismo como algo que le es propio. Es cuando se puede hablar de alienación.
Una última consecuencia indirecta de que haya mucha gente en el país tiene que ver con nuestro sistema político. En el marco del proceso democrático de toma de decisiones, la representación de los intereses de tanta gente en los Países Bajos es un asunto complejo. A veces la gente no se reconoce en la toma de decisiones o no se siente implicada. Cuando la distancia geográfica o psicológica entre los directamente implicados y los representantes de sus intereses (dirigentes y políticos) es demasiado grande, eso también tiene como consecuencia la alienación.
 
Conclusiones
  • El crecimiento de la población tiene límites. Las personas tienen que poder sobrevivir no sólo física sino también psíquicamente. Para eso se requiere espacio.
  • Esos límites, en lo que se refiere a nuestra supervivencia directa como seres humanos, se pueden determinar bastante objetivamente.
  • Cuando se trata de la calidad de nuestra existencia, es mucho más complicado señalar un claro límite con relación a la cantidad crítica de personas sobre una superficie limitada.
  • Se puede suponer que allí donde fallemos como seres humanos en la regulación de la dimensión demográfica seamos corregidos por ‘leyes de la naturaleza’.

Recomendaciones

  • Para que un mayor número de personas tome conciencia del hecho de que la superpoblación es el problema subyacente de un importante número de 'incomodidades diarias', es necesario evidenciar la relación entre esas incomodidades y el gran número de personas.
  • Los problemas que nos podemos esperar en el futuro tienen que ser ‘acercados’. Esto lógicamente puede hacerse mediante la presentación de datos numéricos sobre asuntos que van a descarrilarse. También se puede pensar en esbozar todo tipo de escenarios apocalípticos y mostrar imágenes concretas negativas del futuro.
  • La gente sólo pasa a la acción cuando siente amenazada la satisfacción básica de sus necesidades (Maslow). Por ello es deseable que no sólo se les muestre que ahora y en el futuro el suministro de alimentos va a complicarse y que la necesidad de aire limpio va a verse comprometida. También hay que enfatizar que están en juego nuestra seguridad y nuestra existencia.
  • Se tienen que diferenciar más las consecuencias directas e indirectas del ‘amontonamiento' de las personas. Las consecuencias indirectas tienen que ser descritas más sistemáticamente.
  • Tendrían que investigarse más los efectos de ‘mucha gente junta’ sobre la salud corporal y síquica del ser humano.

Notas

  1. Abraham H. Maslow, psicólogo, en vida presidente de la American Psychological Association, de su mano es ‘Motivation and Personality’, de 1954.
  2. John B. Calhoun, psicólogo norteamericano
  3. Véanse los criterios ecológicos en 'Mi país de mucho y lleno' de Paul Gerbrands, ISBN 90 5573 413 6

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